Nos etiquetamos y nos perjudicamos

Nos etiquetamos y nos perjudicamos.

Nos etiquetamos y nos perjudicamos

Los seres humanos tenemos la costumbre de ponernos etiquetas unos a otros, sin tener en cuenta lo que puede significar eso para la persona.
Nosotros mismos nos identificamos con etiquetas, por ejemplo decimos “Yo soy un manazas” o “Soy un miedoso” “Soy abogado”… y, sin ser conscientes ya nos estamos etiquetando. Muchas veces se ponen etiquetas a las personas por cómo van vestidas, por sus estudios, por su carácter, por la familia de la que procede.

Nos etiquetamos y nos perjudicamos. Arboles pintados AmamaEn estos días, he visto la película “AMAMA” dirigida por Aiser Altuna, me llamó la atención cómo en la familia de Amama tienen la costumbre de plantar un árbol cada vez que nace un nuevo miembro en la familia, y la amama (abuela) pinta de tres colores diferentes los árboles de sus tres nietos. Los tres hermanos estarán marcados por estos colores. El rojo para la fuerza, la sangre, el que iba a heredar el caserío; el blanco para el vago, el débil. Y, el color negro para la rebelde, la malvada ¿Crees que alguno de ellos tenía alguna otra oportunidad de ser algo diferente? Pues claro que sí, pero a costa de un gran esfuerzo.

Y es así, las etiquetas no son beneficiosas para quién las pone ni para quién las recibe, ya que estás tienen un poder ilimitado sobre la persona, especialmente si son etiquetas negativas (irresponsable, miedoso, deprimido, enfermo, vago, tonto, inútil…) y también sean etiquetas positivas” (Valiente, fuerte, divertido, generoso, elegante…). 

Al etiquetar a una persona se corre peligro cuando confundimos juicios con hechos. Hay que ser consciente que las etiquetas que ponemos a las personas calificándolas de una determinada forma, son juicios y, como tales, nunca son ciertos o falsos, si no que los juicios están bien o mal fundamentados. Al poner etiquetas a las personas actuamos con ellas de una manera que contribuye a potenciar la conducta que pretendemos evitar y que, por lo tanto, nos confirma nuestro diagnóstico. Por lo tanto se convierten en nuestras “verdades incuestionables”. Por ejemplo, en el caso de la película que antes mencioné, es muy probable que a la persona que se le etiquetó como rebelde y malvada,  a los ojos de las personas que la han etiquetado sea así.

Y podríamos pensar que cuando son etiquetas negativas nos pueden afectar y, en cambio cuando son etiquetas positivas nos van a favorecer; sin embargo muchas de las etiquetas positivas también nos pueden influir en negativo ya que nos ponen el listón bien alto, es decir, se pueden dar situaciones en las que la persona no pudiera responder según las exigencias de esa etiqueta, sintiéndose que ha fracasado por no estar a la altura de lo que se espera de él/ella. Por ejemplo etiquetas como “eres el/la mejor”, “nunca me fallas”, “tú siempre lo solucionas todo fácilmente.”

También tus relaciones con las personas dependen de las etiquetas que le pones, si a una persona le pones la etiqueta de “egoísta”, seguro que tu relación con esa persona va hacer muy difícil.
Cuando dejas de etiquetar, cuando miras a alguien sin ideas preconcebidas, sino con los ojos abiertos, como si le miraras por primera vez, permitiéndote descubrir algo que no habías visto o sencillamente percibirlo de una forma diferente, tapándole los ojos a tus juicios, es cuando de verdad puede surgir algo nuevo. Porque si cambias las etiquetas que le pones a una persona, cambiará tu relación con ella. Puedes estar seguro de ello.

Nosotros no somos un simple nombre, o una profesión, no somos mercancía que tengamos que etiquetar, incluso te digo, no somos un simple ser humano, somos aún más.
Cuando somos capaces de darnos cuenta de lo que supone vivir conscientemente sin etiquetarnos, ni etiquetar a otros, cuando tomamos consciencia de que somos el alma viviendo una experiencia humana, entonces comenzamos a ser conscientes de nosotros mismos, entonces nos reconocemos y podemos reconocer a los demás.

 

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